El Negro
Hoy fui a visitarlo y lo encontré otra vez frente a la computadora. Los Strokes retumbaban en las bocinas, esperando a que se decidiera. Sus ojos estaban cansados de mirar una pantalla en blanco. El tiempo corría, un cronometro maldito que le avisaba que la hora estaba por llegar. Tercer paquete de cigarrillos en el día, taza de café número 45. “no me nombres la tesis”... “no me nombres nada o te como viva”.
Ese lugar parece una cárcel llena de papeles y libros, de necesidades, diskettes, cds, y de su desesperación apaciguada. Continuó frente al la computadora en ese ático maldito con los ojos inyectados de sangre. Ya había perdido la cuenta de los días de encierro; no hay cambio de luz y no se baña. Su mamá ya lo odia, lo quiere cazar y obligarlo a cambiar de aromas, y es que al parecer ya no hay visitas porque el olor ha comenzado a penetrar hasta en la comida del refrigerador. El tiempo se ha detenido en ese ático, en esa caverna donde quedan los últimos rastros de su vida. Todo lo maneja por la red, sólo sale a encontrarse con más libros, más archivos, más fuentes primarias, y más polvo en los estantes.
La realidad se desvanece, quedan Los Strokes y las madrugadas que lo atrapan mirando el techo de madera, la pequeña ventana empañada y el humo del cigarrillo que impide respirar a los humanos. Lo veo en boxers, con la barba llena ya de piojos y el mundo lleno de pulgas, tratando de acercarme antes de caer intoxicado por 5 días de pedos, 8 de no bañarse y 30 paquetes de cigarrillos. Las colillas van formando una montaña de maltrechos olores, la saliva condensó las cenizas creando una pasta negra con la que se divierte haciendo muñequitos.
Su mamá ha vuelto a intentar entrar. Esta vez llamó a su hermano y a su tío y todos se han puesto ollas en la cabeza a manera de cascos. Su tío usa la escoba y su hermano el trapeador. Su mamá lo quiere matar, tiene los cuchillos en la mano. Espera cualquier final, ya sabe que el Negro afiló los lápices con los dientes y que se he vuelto experto en el arte de lanzar colillas de cigarros directo a los ojos. Donde pone el ojo, pone la bacha.
Ahí dentro se convirtió en otro. Su mamá lo sabe y tiene claro que los 23000 registros del censo de 1920 que tuvo que pasar a Excel lo convirtieron en un ente irreconocible. La transición a un estado medio asesino, medio caníbal.
Ya no puede pensar en otra cosa que el ronroneo maldito del CPU, la música (imágenes de la miseria) y el constante sonido plástico-metálico e ininterrumpido del teclado. Sus dedos han adquirido una nueva fuerza. Sus músculos ahora son más fuertes, pero sólo le sirven para teclear con más dolor, para fortalecerlo en la última batalla.
Tiene mucho que hacer y ahora todo está en blanco. Ya ni caer puede, ya ni dejarse tumbar por el efecto compartido del alcohol (tomar solo es malo). Su cabeza no hace sino reventarse en ideas inconclusas sobre la sociología de la mierda y las corrientes del programa de no sé qué demonios.
Fuera de ese ático reconoce sombras y escucha voces conspirativas. Sabe que allá abajo su mamá tiene un mapa de esa selva en la que vive y ha contratado mercenarios para sacarlo, bañarlo, limpiarlo, hacerlo volver en si, reinsertarlo, reincorporarlo a la vida civil. Ese territorio de nadie que ha creado en el ático requiere de una estrategia financiada por Estados Unidos, un plan patriota, más bien matriota porque es su mamá la que tiene que reestablecer el orden de esa nación de cuatro paredes.
El escuadrón ya se ha armado, y comienzan a subir la escalera, él ha reunido las colillas, su ira, sus lápices mordidos y desconectó el CPU para usar los cables, el monitor, la torre...la batalla comienza…
Ese es el Negro, mi Negro.
Ese lugar parece una cárcel llena de papeles y libros, de necesidades, diskettes, cds, y de su desesperación apaciguada. Continuó frente al la computadora en ese ático maldito con los ojos inyectados de sangre. Ya había perdido la cuenta de los días de encierro; no hay cambio de luz y no se baña. Su mamá ya lo odia, lo quiere cazar y obligarlo a cambiar de aromas, y es que al parecer ya no hay visitas porque el olor ha comenzado a penetrar hasta en la comida del refrigerador. El tiempo se ha detenido en ese ático, en esa caverna donde quedan los últimos rastros de su vida. Todo lo maneja por la red, sólo sale a encontrarse con más libros, más archivos, más fuentes primarias, y más polvo en los estantes.
La realidad se desvanece, quedan Los Strokes y las madrugadas que lo atrapan mirando el techo de madera, la pequeña ventana empañada y el humo del cigarrillo que impide respirar a los humanos. Lo veo en boxers, con la barba llena ya de piojos y el mundo lleno de pulgas, tratando de acercarme antes de caer intoxicado por 5 días de pedos, 8 de no bañarse y 30 paquetes de cigarrillos. Las colillas van formando una montaña de maltrechos olores, la saliva condensó las cenizas creando una pasta negra con la que se divierte haciendo muñequitos.
Su mamá ha vuelto a intentar entrar. Esta vez llamó a su hermano y a su tío y todos se han puesto ollas en la cabeza a manera de cascos. Su tío usa la escoba y su hermano el trapeador. Su mamá lo quiere matar, tiene los cuchillos en la mano. Espera cualquier final, ya sabe que el Negro afiló los lápices con los dientes y que se he vuelto experto en el arte de lanzar colillas de cigarros directo a los ojos. Donde pone el ojo, pone la bacha.
Ahí dentro se convirtió en otro. Su mamá lo sabe y tiene claro que los 23000 registros del censo de 1920 que tuvo que pasar a Excel lo convirtieron en un ente irreconocible. La transición a un estado medio asesino, medio caníbal.
Ya no puede pensar en otra cosa que el ronroneo maldito del CPU, la música (imágenes de la miseria) y el constante sonido plástico-metálico e ininterrumpido del teclado. Sus dedos han adquirido una nueva fuerza. Sus músculos ahora son más fuertes, pero sólo le sirven para teclear con más dolor, para fortalecerlo en la última batalla.
Tiene mucho que hacer y ahora todo está en blanco. Ya ni caer puede, ya ni dejarse tumbar por el efecto compartido del alcohol (tomar solo es malo). Su cabeza no hace sino reventarse en ideas inconclusas sobre la sociología de la mierda y las corrientes del programa de no sé qué demonios.
Fuera de ese ático reconoce sombras y escucha voces conspirativas. Sabe que allá abajo su mamá tiene un mapa de esa selva en la que vive y ha contratado mercenarios para sacarlo, bañarlo, limpiarlo, hacerlo volver en si, reinsertarlo, reincorporarlo a la vida civil. Ese territorio de nadie que ha creado en el ático requiere de una estrategia financiada por Estados Unidos, un plan patriota, más bien matriota porque es su mamá la que tiene que reestablecer el orden de esa nación de cuatro paredes.
El escuadrón ya se ha armado, y comienzan a subir la escalera, él ha reunido las colillas, su ira, sus lápices mordidos y desconectó el CPU para usar los cables, el monitor, la torre...la batalla comienza…
Ese es el Negro, mi Negro.

7 Comments:
Las mamás son sabias.
Qué batalla la que comienza, eh. El tránsito a la luz puede no ser fácil, o puede ser algo similar a la salvación.
El fortalecimiento intenso de los músculos de los dedos resultará en el feroz estrangulamiento del escuadrón de rescate.
Los matará uno por uno, sin piedad, sin remordimiento, con la paciencia, el orden y el tesón de la captura minuciosa de datos arcaicos a hojas de cálculo electrónicas.
Lo siento por ellos. Él así es feliz aunque nadie se de cuenta.
es escuadron de rescate, o intervención?
lo quieren liberar, a la fuerza...
Letty: Eso jamás lo pondría en tela de juicio.
Daria: Sí, sin duda una batalla con un final muy lejano todavia.
Gonx: Es lo riesgoso del asunto, que se llegue a ser feliz en ese estado.
Claude: Qué paradójico, no? Liberar a la fuerza.
Saludos a todos.
Primer post que me dedicas y me describes como todo un pedorro y además piojoso.
Ya veras!
Te quiero.
Me has dejado sin palabras...
Publicar un comentario
<< Home